|
La prensa de aquel país denominó el accidente laboral con un nuevo nombre, guolaosi, palabra que se compone de tres ideogramas chinos: guo (exceso), lao (trabajo manual) y si (muerte). Este nuevo síndrome – guolaosi - despertó el interés de los médicos expertos en salud laboral de todo el mundo.
¿Quién no ha padecido alguna vez alguna manifestación del exceso de trabajo?... tener sobre la mesa incontables proyectos abiertos que requieren nuestra atención, escenarios dantescos que provocan que nuestra jornada laboral se alargue mucho más allá de lo habitual, dominados por el apuro, el estrés y esa sensación de estar corriendo continuamente.
Este escenario suele aparecernos a todos por igual, sin depender del método de productividad que utilicemos. Llega un momento que se acumulan las cosas por hacer y nos llenamos de temores, prisas y adrenalina. Si a eso le sumamos lo que fuimos postergando de días anteriores, el exceso se convierte en serio peligro.
Cuando uno está metido de lleno en el torbellino del exceso, “no tiene tiempo” de parar y reflexionar sobre el porqué de la situación, los motivos que han provocado estas corridas y las mejores soluciones para salir de esta adictiva situación.
Porque - no nos engañemos - el exceso nos provoca una exaltación de nuestra productividad.
Aún estamos a tiempo de salir de este exceso, de no caer víctimas de este síndrome… ¡aún somos capaces de poder frenar todo este descontrol. No importan los plazos, no importan las urgencias, no importa el volumen, ni lo que griten nuestros mandos superiores (que a veces somos nosotros mismos). La única salida consiste en el control.
El verdadero problema es cuando convertimos ese exceso en un alarde de autoestima, “porque yo trabajo mejor cuando estoy bajo presión”. Ese autoengaño resolutivo - que nos sirve, además, para potenciar nuestro ego - lo único que hace es hundirnos un poco más y nos coronará como reyes del sabotaje, creando las situaciones de exceso para, de esa forma, reconfortarnos con nosotros mismos. El exceso de trabajo puede ser propio o externo y debe ser identificado para encontrar la mejor solución para su erradicación.
La mayoría de las veces, el exceso lo provocamos nosotros mismos, elevando indefinidamente nuestra adrenalina para demostrar que somos los mejores en lo que hacemos.
Si detectamos que estamos incluidos en esa categoría, hay que hacer un ejercicio muy profundo, un cambio de raíz y, sobre todo, hacer uso de una férrea voluntad para “salir del torbellino”, ya que, en realidad, perdemos mucho más de lo que demostramos a los demás. Estirar indefinidamente nuestro horario de trabajo, hacer al mismo tiempo muchas cosas, correr de un lado para otro saltando de proyecto en proyecto, decidir sin razonar confiando en el azar, son claros indicadores de una persona en la cual no se puede confiar.
Si estás dentro del exceso, todavía tenés salvación: 1) Elevate y observá objetivamente cuál es el escenario que tenés por delante y contemplá la situación no desde tus ojos, sino desde esa mente ajena a tu realidad que, con capacidad objetiva, evalúa cada proyecto y acción, racionalizando y concentrando la verdadera razón de cada una de esas acciones/proyectos.
2) Controlá y organizá. El control, seguramente, hace tiempo que lo perdiste: ahora te controla tu “bandeja de entrada” y tu objetivo pasó a ser la “bandeja de salida”. Como meta prioritaria, retomá el control y organizate.
3) Planificá y renegociá. Ya viste lo que hay, ya retomaste el control. Ahora, con la escala de valores que vos mismo acabás de recuperar y con las herramientas que tenés a tu alrededor, podés organizar lo que antes parecía un caos y planificar de qué manera vas a direccionar tus esfuerzos. ¿Cómo? Renegociando con vos mismo y con el entorno para transformar esa adrenalina en una fina capa de agua, donde la reacción no es el motor que te retroalimenta, sino la consecuencia de tus actos controlados.
No es una tarea fácil pero vale la pena…. yo, por lo menos, lo estoy intentando.
(La Noticia Sur / Graciela Perrone)
|